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viernes, 22 de enero de 2010

VIDA FRANCISCANA

El ministro Antonio Varas en 1858, recibió una oferta de un cliente que se comprometía pagar 50 mil pesos de la época si asumía la defensa de un juicio que se ventilaba en La Serena. Era lo que Varas iba a ganar en ocho años como ministro, lo que habría permitido darle una buena situación a su mujer e hijos. Pero bastó que el Presidente Manuel Montt lo retuviese como ministro para que rechazara la oferta.

En otra oportunidad, el ministro fue invitado al almuerzo de la familia Montt. Todo iba bien hasta que el Presidente se le cayó un tenedor y Varas se agachó para recogérselo. Por el faldón de la levita asomó el pantalón zurcido del ministro. A doña Rosario le había conmovido tanto este hecho, que se lo comentó a su esposo. Nada podía hacer, porque había herido al buen amigo.

Aunque el ministro no sólo tenía costumbres frugales, sino que también la poca importancia que le daba a la comida. Un día su esposa, Irene Herrera, se disculpó afligida porque en el almacén donde se surtían no había encontrado arroz, su plato favorito. "¿De dónde has sacado eso que a mí me gusta tanto el arroz?", le respondió. Su esposa se lo venía sirviendo desde que se casaron, y él alabó el plato, tal vez por cortesía. Pero jamás le hizo una observación, pensando que a ella le gustaba demasiado.

miércoles, 14 de octubre de 2009

HIJO DE ESTATUA

Pedro Montt, desde su nacimiento pesó sobre él la grave carga de ser un hijo de un estadista cuyo nombre era repetido con respetuosa admiración en toda América. Existe una desconfianza justificada por la experiencia respecto de los "hijos de estatuas".

Era el 9 de enero de 1896, siendo Presidente de la Cámara de Diputados, la oposición violenta contra el Presidente José Manuel Balmaceda ya se organizaba. Aún no se despachaba la ley que autorizaba el cobro de las contribuciones. Balmaceda tenía mayoría, pero una minoría exigua se imponía, por defectos del Reglamento de la Cámara, sobre una mayoría enorme.

Entonces Pedro Montt declaró "cerrado el debate" en medio de un desorden monstruoso, tras sesiones que habían durado varios días y noches sin interrupción. Después se supo el secreto: Don Pedro, vacilante, había consultado al viejo ministro de su padre, Antonio Varas, entonces presidente del Senado. Éste le habría contestado que "si su padre viviera, se asombraría de verlo vacilar".

martes, 29 de septiembre de 2009

SI CARGA O NO, VAMOS IGUAL


El 1 de abril de 1879, el Presidente Aníbal Pinto reunió al consejo de Estado en sesión secreta, a la cual no se permitió asistir ni al secretario.

El ministro Fierro leyó el mensaje de un proyecto de ley, en el cual se solicitaba la autorización del congreso para declarar la guerra al Perú y a Bolivia. Todos los consejeros, lamentando la guerra como la mayor calamidad que podía caer sobre Chile, estuvieron conformes en que, dada la existencia del tratado secreto de 1873 y la negativa del Perú a declarar la neutralidad, no quedaba otra alternativa que aceptar la guerra a que Chile era provocado.

Domingo Santa María, planteó dos preguntas previas: "¿Estamos preparados para la guerra? ¿No nos convendría más aplazar su declaración hasta armarnos?

Antonio Varas puso término al cambio de ideas: "Aunque la guerra es una desgracia, no podemos rehuirla. No es el momento de preguntarnos si tenemos o no medios para hacerla. Cuando a un hombre se le escupe a la cara, no debe meter la mano al bolsillo para cerciorarse de si carga o no el revólver. Acepto la guerra, porque la creo justa; allá veremos cómo la hacemos".