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miércoles, 1 de septiembre de 2010

AYUDEME SUEGRA

Manuel Montt es una persona que tenía como características de ser parco, reservado, enemigo de las ostentaciones, evitaba los discursos. En un banquete insistieron que hablase, y él se negó a hacerlo, pero con un fundamento: "El Presidente de la República sólo puede hablar por decreto". Y volvió a sentarse.

Pero a los 30 años, era magistrado de la Corte Suprema y parlamentario, reparó no sólo que estaba de más para casarse, sino que ni siquiera se dio tiempo para pololear. Se fijó en su prima Rosario Montt Goyenechea.

Había una diferencia de edad entre ellos (él la doblaba, ya que Charito tenía 15 años), pero también de caudales, pues por el apellido materno se ramificaba los Cousiño y los Gallo, dueños de minas de carbón, unos, y de plata, los otros. En aquellos años un matrimonio entre primos, e incluso entre tíos y sobrinas, era bien visto, porque "solidificaba" la familia.

En buenas cuentas, Montt terminó declarándose a la suegra, la que transmitiría el encargo a su hija. La dama quería entrañablemente a Montt, al que llamaba sin reservas "mi negrito", y lo hallaba muy distinto a los frívolos jóvenes que frecuentaban su hogar.

Doña María de la Luz Goyenechea de la Sierra alentó el romance y preparó el camino. Un día, estando él de visita, llamó a su hija que estaba en un patio encumbrando volantines con otros muchachos, diciendole: "Charito, tu primo tiene algo que decirte". Lo que él por timidez no le dijo, se lo agregó ella. Desde ese momento quedaron novios.

viernes, 22 de enero de 2010

VIDA FRANCISCANA

El ministro Antonio Varas en 1858, recibió una oferta de un cliente que se comprometía pagar 50 mil pesos de la época si asumía la defensa de un juicio que se ventilaba en La Serena. Era lo que Varas iba a ganar en ocho años como ministro, lo que habría permitido darle una buena situación a su mujer e hijos. Pero bastó que el Presidente Manuel Montt lo retuviese como ministro para que rechazara la oferta.

En otra oportunidad, el ministro fue invitado al almuerzo de la familia Montt. Todo iba bien hasta que el Presidente se le cayó un tenedor y Varas se agachó para recogérselo. Por el faldón de la levita asomó el pantalón zurcido del ministro. A doña Rosario le había conmovido tanto este hecho, que se lo comentó a su esposo. Nada podía hacer, porque había herido al buen amigo.

Aunque el ministro no sólo tenía costumbres frugales, sino que también la poca importancia que le daba a la comida. Un día su esposa, Irene Herrera, se disculpó afligida porque en el almacén donde se surtían no había encontrado arroz, su plato favorito. "¿De dónde has sacado eso que a mí me gusta tanto el arroz?", le respondió. Su esposa se lo venía sirviendo desde que se casaron, y él alabó el plato, tal vez por cortesía. Pero jamás le hizo una observación, pensando que a ella le gustaba demasiado.

sábado, 7 de noviembre de 2009

DETRÁS DE UN HOMBRE HAY UNA GRAN MUJER

Manuel Montt llego a La Moneda en 1851 con resistencia de varios sectores, ya que en un comienzo la aristocracia rural lo consideraba de cuna demasiado humilde, y el Ejército no lo quería por no ser militar

Pero su esposa Rosario Montt fue la que le inspiró medidas más enérgicas contra los caudillos militares que fueron sublevándose en varias partes del país. "Fusílalos, Manuel, porque de otra manera acabarán por matarte a ti" le decía.

En una ocasión, el edecán sorprendió dentro de La Moneda a un hombre que llevaba oculto un puñal. En otra, se descubrió que el barbero de la Presidencia había sido sobornado para que degollase a Montt. Doña Rosario decidió aprender el oficio y fue su barbera toda la vida.